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  • Sebastián Valdés

ÉRASE UNA VEZ EL HOMBRE

La evolución puso al hombre al mando de nuestro planeta, y la democracia político-económica terminó siendo el sistema de concenso para desarrollar una sociedad. La irrupción de la tecnología como una nueva especie, que supera al hombre en cada vez más ámbitos, pondrá en jaque ese concenso social, y probablemente, más que eso…

Así me enseñaron que fue. En un capítulo de la serie de televisión “ÉRASE UNA VEZ EL HOMBRE” el ser humano miraba hacia el horizonte desde la cima de una montaña, en un amanecer donde el sol salía lentamente para reconocerlo como amo y señor de la tierra, y en un pacto con Dios, este le entregaba las llaves de la inmortalidad, la promesa de una vida después de la vida, el contrato que lo reconocía como el ser supremo del universo. Con ese aval divino, millones de hombres le dieron propósito a todo acto de la naturaleza, incluso a todo acto del hombre en nombre de Dios. Millones estuvieron dispuestos a entregar su vida, y su tiempo de vida también.


Esa imagen era la metáfora que reconciliaba las escrituras bíblicas con la teoría de la evolución, marcando el punto en que el hombre se transformaba en el nuevo parámetro evolutivo y en el hijo de Dios. Lo que era capaz de explicar la razón marcaba la frontera de lo humano, más allá estaba la parcela de lo divino.


Con la memoria colectiva la razón expandió su territorio y se vistió con nuevas palabras. Conocimiento, luego ciencia, después técnica y tecnología. Del saber de lo creado por Dios al saber de lo creado por el hombre. Con ese mismo saber el ser humano fue moviendo la cerca, acorralando a Dios, y hoy en un juicio sin defensoría le pide pruebas de existencia para no condenarlo a muerte. Ateos los más atrevidos, agnósticos los conciliadores, cada vez se suman más querellantes apuntando con el dedo.


El amo de la evolución distinguió fauna y flora entre ornamento o insumo, y por supuesto lo primero fue extinguiéndose y lo segundo proliferando como plaga. Animales de granja, frutas y hortalizas, se expandieron en el mundo como insumo energético de la labor humana, labor que por muchos siglos fue el bastión de la función productiva global.

Bajo el yugo de la esclavitud, o la promesa de vida eterna, el hombre compartió con otros animales el mismo destino, siendo un insumo más del desarrollo económico. Primero utilizó la fuerza de sus piernas y brazos, luego la destreza de sus manos, y con el tiempo, el cerebro fue sobreviviendo como su único órgano irremplazable. Hasta ahora.


La venganza de Dios, para darle un giro dramático al relato, fue otorgarle al hombre suficiente inteligencia como para crear a su propio sucesor en la cadena evolutiva. Las máquinas reemplazaron la fuerza, los equipos la destreza y los sistemas el cerebro. Sólo falta que la tecnología evolucione de su etapa dependiente para gobernar al ser humano y asumir su nuevo rol como reina del mundo. En algún momento la tecnología se va a hacer consciente de ello.


La ironía de este relato de “Harari” es que, a diferencia de los amos pre sapiens, el hombre hoy convive a sabiendas con el enemigo, lo alimenta, lo educa y lo cuida. Con seguridad de haber tenido igual conciencia, los grandes y feroces animales, que cohabitaron con los primeros sapiens, habrían iniciado una matanza descarnada y masiva del hombre para evitar su propia extinción. Por suerte no tenían esa aptitud.


Hoy debatimos sobre cuáles serán las profesiones del futuro para el hombre, en base al espacio que le dejará la tecnología, pero la evolución ha mostrado ser cruel con el rey muerto. Una vez que la tecnología tome el mando de su propio desarrollo, probablemente las brechas con las capacidades humanas se eliminarán en plazos mucho más cortos de lo que tenemos en mente. Nuestra inteligencia no es capaz de entenderlo, así como el mundo animal no fue capaz de entender los plazos del hombre. Probablemente al final del día, simplemente no habrá profesiones para el hombre.


En este escenario, me pregunto cuánto del malestar social que impera en el mundo tiene que ver con este nuevo rol del ser humano, y si por ello debemos cuestionar con urgencia el actual orden político y económico.


La democracia económica funciona en base al voto del consumidor, quien con sus elecciones de compra determina lo que debe extinguirse y lo que debe perdurar. Quien es capaz de entender y seducir al consumidor se lleva los votos, la riqueza asociada y la posibilidad de seguir existiendo. En el siglo pasado la riqueza obtenida por una empresa se repartía equilibradamente entre los factores del trabajo humano y la tecnología, sin embargo hoy la tecnología es la que explica la mayor parte del valor que se genera para el consumidor, por lo que absorbe también la mayor parte de los excedentes. Es así como las empresas tecnológicas se han apropiado del valor económico del mundo y quienes alimentan, educan y cuidan la tecnología se han transformado en los nuevos amos. A rey muerto, rey puesto.


El decreciente valor del trabajo humano en todas sus expresiones, manual, técnico y profesional, y por el contrario, el creciente valor generado por la tecnología, simplemente fomentan la concentración de riqueza en quienes son dueños de esa tecnología. El dueño de la tecnología es y será, entonces, el exclusivo rey hasta que la misma tecnología lo releve de tal privilegio.


Pero la exclusividad de pocos para captar los excedentes de la tecnología, choca con la inclusividad que muchos exigen sobre esos mismos excedentes. En otras palabras, al mismo tiempo que el hombre se va volviendo obsoleto, está exigiendo nuevos y mayores derechos sobre el mayor valor que se genera en la economía gracias a la tecnología. Salud, educación, seguridad, vivienda, cultura, son parte de una lista de derechos cuyo origen reside en la moral de la mayoría, pero que implícitamente exige una expropiación de excedentes que no es ni será capaz de generar por sus propios medios.


El modelo económico actual, que permite consumir bienes y servicios en proporción al valor generado con el trabajo, es algo que está en peligro de extinción si el ser humano es superado en todo ámbito por la tecnología. No puede haber premio al mérito si este no genera nada. En ese escenario la democratización de los frutos de la tecnología será una obligación para alcanzar un nuevo orden social, el que de no obtenerse mediante la buena voluntad de los empresarios, será impuesto por la fuerza de un nuevo pacto político entre humanos.


En junio del 2014 Nick Hanauer, autodenominado plutócrata norteamericano, anticipó en la revista “The Politico” que, de no modificar el modelo económico actual, la concentración de la riqueza aumentaría exponencialmente hasta transformar la sociedad de “una democracia capitalista a una rentista neofeudal del siglo XVIII en Francia”, cuyo final todos conocemos: “Los plutócratas en la horca”. Hanauer llamó a sus amigos plutócratas a “socializar” la riqueza, antes de que un nuevo pacto político y social lo hiciese por ellos.


Al igual que Hanauer, pero con varios ceros menos de riqueza, he sido un defensor del libre mercado y un fiel creyente de sus bondades, pero al ver que el mérito humano poco tendrá que hacer ante el desarrollo de la tecnología, me cuestiono si la evolución traerá consigo la desaparición de las democracias político y económicas, y el surgimiento de un nuevo modelo de orden totalitario, cercano, muy cercano a lo que hoy podemos ver en China.

Érase una vez…el hombre. ¿Y el mañana?

Por Sebastián Valdés Lutz

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