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  • Sebastián Valdés

JEFE AGRESOR vs. JEFE SEVERO


El buen ejercicio de la autoridad es probablemente una de las claves de éxito de los líderes en todo tipo de organizaciones, porque la autoridad es el canal conductor de las decisiones y de las intenciones de una empresa. Cuando la autoridad es vertical y centralizada, la organización debe preocuparse de tener buenos ejecutores de las decisiones que se toman en la cúpula. Cuando la autoridad se delega y es más horizontal, la organización debe preocuparse de tener una cultura más homogénea, que comparta valores, visión y ciertas competencias basales. Obviamente cada uno tiene su preferencia sobre qué modelo de autoridad le acomoda más o cree es mejor para una organización determinada.

Cada uno de nosotros probablemente ha sido jefe de alguien y subalterno de alguien, y en esa relación ha existido ejercicio de la autoridad. ¿Cómo ha sido ese ejercicio? y en particular ¿Cómo ha sido ese ejercicio cuando las cosas no han salido bien, cuando se han cometido errores, o no se ha llegado a las metas?

En mi experiencia, son pocos los jefes que reconocen, primero, que su subalterno es una persona adulta, y que se le debe exigir el comportamiento de una persona adulta, y se le debe otorgar el trato de una persona adulta.

En ese marco, no es aceptable en un jefe ningún tipo de agresión verbal hacia un subalterno, ni tampoco ningún otro tipo de amedrentamiento físico. Agresiones bastante habituales cuando existen errores, diferencias de opinión, o cuando no se llega a los objetivos fijados. Todo ese tipo de agresiones son más bien una cobardía, puesto que el agredido no tiene oportunidad de defenderse, o plantear sus diferencias, por las consecuencias económicas que ello probablemente tendría para él (o ella). La ausencia de consecuencias a la reiteración de este tipo de agresiones hace cómplice a la organización de ellas, y con ello se va produciendo el desapego emocional del subalterno con su jefe, su trabajo y con la misma organización.

Con el tiempo, un jefe agresor inexorablemente va transformando a sus subalternos de adultos a niños, quienes ante la imposibilidad de tener justicia, prefieren entregarle a su jefe todas sus facultades de discernimiento y de esa forma evitar castigos aleatorios. Tratar a un subalterno como adulto no significa dejar pasar los errores o no llamar la atención cuando no se llega a los objetivos, sino de ser riguroso en la evaluación y constructivo en la retroalimentación, informando sin filtro el nivel de severidad del error o no cumplimiento, y dando siempre la oportunidad de respuesta. Un jefe severo nunca busca desahogarse agrediendo a su subalterno. Un jefe severo sabe que un juicio justo de los hechos y resultados construye, mientras que la arbitrariedad puede generar mucho resentimiento en un subalterno.

Como subalterno, trabajar con un jefe severo, no agresor, es un desafío. Es un desafío porque justamente hay que comportarse como adulto, haciéndose responsable de las funciones y objetivos que le corresponden a su cargo, en tiempo y forma. Así será medido. Sin excusas.

Pareciera que siendo el año 2020 debiese haber bastante consenso con respecto a estos temas, pero no lo hay. En las empresas hay tres y hasta cuatro generaciones conviviendo con distintas experiencias de vida y distintas creencias, y no cuesta tanto encontrar jefes agresores, y tampoco cuesta poco encontrar subalternos adultos. Como buenos latinos el patronaje lo llevamos en la sangre y la victimización es cómoda.

En mi experiencia, una empresa de adultos, de jefes severos, tiene reglas claras y justas, que son cimientos básicos, pero indispensables, para luego aplicar talento, innovación e iniciativa para crear valor.

Sebastián Valdés Lutz

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