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  • Sebastián Valdés

LA INQUISICIÓN DE LAS IDEAS

La superioridad moral que supuestamente inviste las ideas que provienen de la mayoría, han paulatinamente validado el derecho a censurar cualquier otra corriente distinta de pensamiento, incluso mediante el uso de la violencia.

El siete de agosto pasado “Tendencias” de La Tercera publicó el artículo “La ofensiva contra la “cultura de la cancelación” en las universidades” que parte narrando el caso del sicólogo cognitivo de la universidad de Harvard Steven Pinker, quien por defender ideales de la Era de la Ilustración ligados con la razón y la ciencia, ha tenido que lidiar con los ataques e intentos de censura de los que consideran que esa escuela es inaceptable para la nueva moral progresista. La “cancelación” de Steven Pinker recrudece cuando este cuestiona en redes sociales la discriminación racista de la policía norteamericana, al argumentar con cifras que la violencia de la autoridad era un problema generalizado y no específico con una determinada raza.


El artículo de La Tercera se enfoca en la censura intelectual en el mundo académico, pero la evidente coincidencia con la falta de tolerancia en nuestro debate diario es algo que me llevó a escribir estas líneas.


El anonimato que entregan las redes sociales da pie a la libre expresión y en ese estado cada individuo “expresa” lo que sabe y lo que siente, tenga ello o no coherencia, respaldo o independencia de intereses, y en la suma de aprobaciones, en la empatía del “like”, se va construyendo una realidad que puede contar con los votos de muchos, pero que normalmente carece de todo sustento científico para constituir un hecho cierto. Por más que millones pensaran en el pasado que la tierra era plana, eso no la hace plana, pero hoy podríamos resucitar esa teoría si un número determinado de “influenciadores” de redes sociales se ponen de acuerdo en ello. La realidad dejó de ser lo que es comprobable con la razón, sino es lo que dice la mayoría, y eso es un ataque al corazón de las ideas.


La superioridad moral que supuestamente inviste las ideas que provienen de la mayoría, han paulatinamente validado el derecho a vetar públicamente cualquier otra corriente distinta de pensamiento, incluso mediante el uso de la violencia. Así el aborto, la igualdad social, la libertad de género, la causa indígena, y la mayor parte de los temas contingentes aceptan la opinión de la mayoría como verdad única y absoluta, y la discrepancia se descalifica con insultos y agresiones.


El artículo de La Tercera habla de que Charleen Adams, becaria posdoctoral de la Escuela de Salud Pública de Harvard, comparó las demandas contra Steven Pinker con el ritual de “una turba en busca de purificación”, en el que algunos estudiantes están liberando resentimiento, celos, e impulsos bastante sádicos, lo que me parece muy similar a la caza de brujas en tiempos de la Inquisición, y en un tono ciertamente menor, pero en la misma vereda, muy similar a la “quema” en Chile del modelo económico, de las AFP, de la Constitución, entre otros ejemplos. Quien entienda bien cada caso, sabe que el demonio no tiene parte, y que aplicando razón y rigor científico, se llegará a conclusiones y consensos menos extremistas si se deja espacio a las ideas.


La falta de tolerancia con las ideas que imponen límites, conservadoras, ortodoxas, o que escapan al ideario libertario actual, se contradice profundamente con la misma libertad que profesan las nuevas generaciones. La intolerancia de la tolerancia. Más bien pareciera que la premisa es darle libertad a la expresión de las ideas aceptadas por la “masa” y censurar la expresión de aquellas contrarias a lo que la “masa” desea escuchar.


La intolerancia con las ideas distintas ha ido separando a los que antes debatían, y uniendo en verdaderos guetos intelectuales a los que piensan parecido, lo que ha potenciado aún más la intransigencia de las posturas. Si en un comienzo twitter era un espacio para informarse de nuevas ideas y para debatir sobre ellas, la violencia escrita, la falta total de empatía, y la incapacidad para argumentar fue apagando el diálogo, agrupando a los seguidores en bandos antagónicos, dedicados diariamente sólo a alimentar sus mismas creencias internas. Hoy entrar realmente a debatir en twitter requiere de mucho coraje, falta de amor propio, o cierto gusto sadomasoquista.


Lamentablemente la ausencia de diálogo de calidad en una sociedad tiene como resultado una sociedad de mala calidad. Tal como dice el artículo de La Tercera “el totalitarismo, ya sea de izquierda o de derecha, es una amenaza permanente para las sociedades”, que una vez que despierta, “emerge y se propaga como un virus”. Nuestra sociedad ya está enferma de ese totalitarismo popular, de la creencia de las masas, del ninguneo de la razón, cebada por el poder aparente del pueblo. Así como la Santa Inquisición castigó la herejía sin dar espacio a la ciencia y la razón, el totalitarismo moderno ha impuesto la nueva inquisición de las ideas.


Como ciudadanos chilenos, es nuestra responsabilidad recobrar la salud cívica de nuestra sociedad, comenzando por recobrar nuestra capacidad para debatir y discrepar, de modo que sean las mejores ideas las que lideren los cambios futuros. Debemos volver a recobrar el respeto por el estudio y la experiencia, y entender que sólo mediante el ejercicio de la razón llegaremos a mejores consensos. Sólo una democracia que se edifica en base a las ideas de todos y de cada uno, se puede llamar con legitimidad…democracia.


Por Sebastián Valdés Lutz

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