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  • Sebastián Valdés

EL REY MIDAS

Por Sebastián Valdés Lutz

Revista El Campo, diario El Mercurio de Chile

1 de noviembre de 2021

La consagración del empresario agrícola, esa que siente cuando la fortaleza de su emprendimiento es suficiente para resistir todos los embates que su memoria recuerda, su patrimonio suficiente para respaldar incluso la insuficiencia de su descendencia, y su tiempo disponible suficiente para invertirlo en nuevos proyectos personales o profesionales, con frecuencia consagra también su amor propio en demasía.


El empresario agrícola, que logra conservar su empresa en el tiempo, es aquel cuyas conductas positivas y aciertos logran un mayor peso en la balanza con respecto a sus vicios y desaciertos, los que siempre existen en el ciclo de vida de cualquier negocio agrícola. El error que cometen muchos empresarios agrícolas, después de haberse consagrado como tales, es no distinguir bien cuáles son aquellas conductas positivas y cuáles fueron los aciertos que lo llevaron al éxito que alimenta su ego, y en ese desacierto, equivocan las lecciones que deben dar a sus sucesores, o peor aún, empiezan a seguir un patrón equivocado que los hace fracasar en sus emprendimientos posteriores.


El error más común que comete el empresario agrícola al auto evaluarse es usar la “venta en paquete”, es decir, venderse a sí mismo como un todo indivisible e inseparable, y por lo tanto, imposible de evaluar como una suma de virtudes y defectos individuales. Esto esconde justamente la esencia del problema, puesto que muchos grandes empresarios agrícolas llegan a serlo por causa de grandes virtudes y a pesar de grandes defectos, y no por causa de un todo virtuoso, como muchos de ellos se quieren ver. La arrogancia, alimentada por una mala interpretación de los hechos y un deficiente auto análisis, termina convenciéndolos de que son la reencarnación del Rey Midas, y que todo negocio en el que deciden participar no tiene otro destino sino el éxito.


Lamentablemente para los autodenominados monarcas frigios, el mercado regula el riesgo que viene con la arrogancia, y grandes historias empresariales encuentran su decadencia en el ego del empresario que las inició, o en las mismas prácticas que inculcaron a sus sucesores.


Por el contrario, los empresarios agrícolas que son capaces de evaluar y ponderar sus competencias, a menudo perseveran en base a las fortalezas que explican sus éxitos pasados, y sus debilidades las neutralizan construyendo equipo con socios y ejecutivos que los complementan. Consientes de su vulnerabilidad y del estrecho camino que los condujo a donde están, se mantienen alertas, sin subestimar nunca la incertidumbre inherente al futuro.


Al iniciar su etapa profesional más laxa, habitualmente el empresario agrícola que siente satisfacción con sus logros pretéritos cuestiona con menos frecuencia sus creencias, lo que se transforma tempranamente en desdén hacia las nuevas ideas o en intransigencia hacia el cambio. Esta conducta lo debe poner en alerta, porque la experiencia sirve como mapa sólo para un territorio ya explorado, no para uno que se quiere explorar por primera vez. El empresario debe reconocer cuando comienza a abandonar la rigurosidad en la toma de decisiones, apoyándose exclusivamente en su experiencia e instinto, y menospreciando los factores críticos que desconoce. Cuando ello ocurre, debe tener la humildad para limitar su protagonismo, delegar poder y responsabilidad, y aceptar tomar decisiones colegiadas por el bien de la empresa que formó.


El Rey Midas se obsesionó con la capacidad que adquirió de Dionisio para transformar en oro todo lo que tocaba, pero estuvo dispuesto a prescindir de su nuevo talento para preservar lo más preciado que tenía. Pudo ver y sufrir los vicios en donde antes sólo veía virtudes, y consiente de sus limitaciones, modificó a tiempo sus conductas para volver a conducir su reinado por el buen camino.


El Rey Midas gobernó en Frigia aproximadamente entre el año 740 y el 696 A.C., y el mito de su historia supera con creces su legado terrenal.

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